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7.7.09

Martha

Es el primer día de labor en la nueva oficina, saludo a los nuevos compañeros y desocupo el lugar que me corresponde. Desempaco, acomodo, prendo la computadora.
Fue una mudanza terrible: yo estaba agotada y no tenía nada de ánimos de comenzar una semana de trabajo, sin embargo me estaba haciendo a la idea de pensar en el fin de semana. Comenzar la semana pensando en el fin de semana...

De pronto llegó ella. Se llamaba Martha. El jefe la saluda estruendosamente y los demás disimulan el asco. Me dice: “Ella es Martha” y me presenta. Yo la miro de reojo porque tengo mucho trabajo y espeto un saludo discreto, pues, Finalmente, yo ya había saludado a todos los vecinos de escritorio y Martha aun no había llegado. A ella le correspondía hacerlo.

De pronto, vuelvo a mirarla. Apenas puede disimular la enorme protuberancia de su cuello, la espalada triangular y la voz oscura. Su peinado es perfecto y sus cejas están tatuadas. En muchos sentidos, Martha es una mujer mucho más preocupada por su aspecto que yo.

Mi vecino de escritorio me lanza una mirada cruel esperando complicidad. Yo ignoro el evento y comienzo a sentir simpatía por la buena de Martha.

Llega la hora de la comida y buscamos un lugar. Las calles que rodean la oficina son demasiado ostentosas para nuestro frugal salario y cuesta mucho trabajo encontrar algo tan accesible como decoroso. Por cansancio, terminamos en un lugar de tacos: tacos de pastor, tortas de pastor, tacos de machitos, quesadillas de sesos, alambres, refrescos. La carnicería comienza:

-¿Lo viste? No mames, parece que vas a tener mucha chamba cuidándote de sus miraditas.

-Nel ni madres, si ese puto se me lanza yo si me lo madreo.

- Chale, qué pinche asco.

-Pinche gente enferma.

Yo como sin prestar atención y de pronto me pregunto si Martha se fijaría en alguno de ellos. Pero en realidad, no dejo de pensar en lo incómoda que me siento en mi nuevo lugar. Capturar no es un evento feliz, sin música y levantándome muy temprano.

Tras la comida, al regresar a la oficina, comienza mi conteo regresivo para la salida y el comienzo de mi día personal. Diez horas diarias y soy afortunada. Finalmente, sólo soy una de tantas capturistas. No hay empleo ni oportunidad ahora, no hay grandes expectativas para nadie, mas que trabajar diez horas diarias y comenzar el día a las seis de la tarde.

- Oye, tu nombre sigue pegado en el monitor de tu computadora. ¿No crees que le puede hacer daño al equipo? .

Apenas si me doy cuenta que Martha me está llamando cuando detecto que usa Cartier. Sin pedírselo se levanta suavemente y despega el papel que dice mi nombre y mi clave, al hacerlo su cabello roza mi brazo.

- Ah, muchas gracias. Para la mudanza teníamos que clasificar todo y dejarlo codificado para que llegara bien aquí-. Martha sonríe y luego termina de recoger sus cosas. – Ciao- , me dice. – Chau - le contesto yo.

Al día siguiente trato de vestirme mejor. Pinto mis uñas y mis pestañas. Me pongo tacones y uso una peineta de carey. Hace mucho que no me llama mi novio. Hacía mucho que no me pintaba las uñas y las pestañas. Es una mañana mucho más lenta que las demás: son las nueve, nueve horas menos. Son las diez, ocho horas menos. Son las once, siete horas menos. Son las doce, puedo salir a fumar.

Un cigarro. Dos cigarros. Efecto laxante del cigarro. Hace mucho que no me llama mi novio y parece que no lo volverá a hacer.

Tomo un poco de papel higiénico y me preparo para salir. Estos baños tienen muchos espejos y el agua muy fría. Me lavo la cara, porque si no caeré al fin presa del aburrimiento frente a mi máquina. Hace años que mi novio ya no lo es, no es preciso extender el engaño a mis pensamientos. Ya son sólo recuerdos. Y Martha está de tras de mí y me mira por el espejo.

-¿Estás bien?

-Si.. sí, parece que me hizo daño fumar. Hace mese que no lo hacía.

Martha sonríe condescendientemente y se va dejando un rastro de Cartier. Recuerdo cuánto me gustaba ese perfume, pero nunca me fijó. En Martha huele tan bien.


***


-Hola…. No no, aquí estoy. Es que hacía mucho que no hablábamos. ¿Recibiste mi correo? Sí, ya nos mudamos de las oficinas anteriores. No sabía si seguías teniendo el número anterior, así que te escribí para que supieras donde ando. Igual, cansada. Pensando que saldré en unas horas ¿Tienes algo qué hacer? Ah.. no no, lo decía por si podías. ¿Cuándo tienes tiempo?... ¿Te irás? ¿Y no me lo ibas a decir? No, bueno.. es una excelente oportunidad. Siempre has querido ir a Francia. Yo aún no acabo la carrera…. Porque murió mi abuelo. Me acompañaste al funeral de mi abuelo, y él nos mantenía ¿Recuerdas? Ya vas a empezar. Si no acabo la carrera es porque no ha sido fácil. No lo es. Además: ¿Cómo es que me llamas ahora, después de meses de no hacerlo? Sólo lo haces para recordarme lo equivocada que estoy. Te irás ¿no? ¡No me reproches! Yo lloro cuando me da la gana… Basta. Este es el número de mi oficina, a dónde estás llamado ahora y no es un lugar idóneo para hablar de tu descuido, de tu abandono… Si tuvieras tiempo de arreglar las cosas ¿Te vas esta noche? Bueno, nos escribimos. Sí, estaré al pendiente. Buen viaje. Chau…

Me tiemblan las manos.

-¿Estás bien?

Siento como una melena roza mis mejillas, Martha está detrás de mí y ha escuchado mi conversación.

-¡Martha! Gracias.. sí, es que ya ves. Los pinches hombres .

- Jajaja, dímelo a mí. Oye ¿quieres tomar un café a la salida? Te ves triste-. El Cartier de Martha un día me va a matar. -Sí claro, sólo voy a cerrar el equipo

Martha habla conmigo como una gran amiga, a pesar que hace muy poco tiempo que nos conocemos. Trata de decirme lo importante que es el respeto y ser dura. -Mi novio siempre me está diciendo cómo y cuándo debo hacer las cosas, pero igual es un tonto- Sonreimos.

No se da cuenta de que estoy hipnotizada. Sus ojos son muy profundos. Como los de un hombre entrado en el sopor de la poesía. Como si leyera todas las noches a Marguerite Yourcenar. Su rostro es fino y arreglado, como si quisiera parecer una diva. Su espalda es muy atractiva y su torso tan imponente, a pesar del par de tetas que le cuelgan.

Martha es la consumación de lo mejor de un hombre y lo mejor de una mujer. Y yo sólo la miro como si estuviera hechizada.

- Hace años que él no me llamaba y por eso perdí el control. No soy siempre así. Te agradezco el café. Ya me tengo que ir- Dejé un par de billetes en la mesa y la mano de Martha se posó tiernamente sobe la mía- Descuida. Yo te invito y espero que no sea la última vez.

No recuerdo bien cómo salí del lugar. De pronto ya estaba rumbo a casa y me llevaba la mano a la boca en repetidas ocasiones. Martha. No puede ser el lío en el que me estoy metiendo.

A la mañana siguiente llego y enfermizamente espero ver a Martha. Pero el día pasa lento como siempre, de forma despiadada, y ella no llega.

Recojo mis cosas y salgo con decepción. Soy un animal de costumbres muy arraigadas y trazo el camino habitual rumbo al camión que me lleva a casa y que tarda minutos incandescentes. Hoy no vi a Martha y me afectó más de lo que podía imaginar. Jamás es absurdo saber dónde y cómo cae el amor. Creo que me debería sentir afortunada.


***


Han pasado varios días y no me puedo levantar. Mi cama se ha hecho un abismo profundo y no encuentro modo de salir. No tengo fuerzas de tomar el teléfono para avisar mi ausencia y, de ser franca, no me importa. Mis uñas tienen restos de esmalte y casi no tengo pestañas porque me arranco el rímel seco.

Alguien toca a mi puerta. Me levanto como si cargara un gran costal de piedras, haciéndome espacio entre la basura y los insectos. Abro la puerta y ocurre una hierofanía. Es Martha. Tan bella y radiante. Oliendo a Cartier más que nunca.

-Estábamos preocupados. Simplemente dejaste de ir, tuve que conseguir tu dirección y datos con tu jefe, quien, ya no quiere saber más de ti...

Yo sólo puedo mirarla con profunda redención. Sin decir palabras, me besa en los labios y yo no puedo controlar las lágrimas. Ella se separa y me sonríe -Te extrañé tanto. Desde la primera vez que te vi, supe que estábamos amoldadas. Que seríamos una sola persona amándose.

Le sonrío como si mi vida se acabara pronto. La veo y pienso que puede ser la muerte disfrazada del único ángel que he reconocido y que me pertenece. Ella me sigue besando y su paso firme nos aproxima a mi sucia y descuidada cama. Yo musito algo parecido a los estertores, aunque jamás he escuchado alguno.

-¡Martha!... Estás aquí… ¿Cómo es que estás aquí? ¿Cómo es que llegaste aquí? No puedes ser real. Te soñaba todo el tiempo. Incluso cuando trabajaba en esa asquerosa oficina, yo te soñaba bailando a Bach, como sólo los ángeles lo hacen. Porque tú eres mi único y verdadero ángel y vienes a redimirme… es verdad, vienes a hacerlo ¿Verdad?

Los besos. El perfume. Su cabello. Todo me sofoca, todo ocurre como una sinfonía que cada vez suena más alto y más rápido. Me siento absolutamente feliz.

Los movimientos son cada vez más fuertes y la voz de Martha se hace cada vez más ronca. Las convulsiones de mi cuerpo son cada vez más violentas y noto como ella intenta calmarme con su aliento celestial. Pero es imposible que yo me calme, porque sé que ese instante, que ocurre inclementemente rápido, acabará tan pronto… justo cuando la música de Bach termine y la danza de Martha se esfume y me deje sola de nuevo.

Acaricio su cabello, beso sus labios, tomo la lámpara de metal que alumbra mis lecturas nocturnas e interminables y la dejo caer fuertemente sobre su frágil nuca. Sólo oigo un leve crujido y siento todo su cuerpo inerte sobre el mío descuidado. Cierro los ojos.

Horas después, el detective apunta en una libreta: un departamento muy descuidado, un travesti muerto a causa de impacto asestado en la nuca y una mujer temblando envuelta en una manta sucia.

***


-Hola?… ¡Ah! ¿Qué dice el cielo parisino? ¡Qué gusto que llames! ¿Mi nuevo número te lo dio mi mamá? Yo estoy bien. Radiante. ¿Cómo? ¿Acaso hay un noticiero latino de nota roja en Francia? Hasta allá llegan las noticias de alto impacto. ¿Me oyes despreocupada? Descuida, yo estoy bien. Radiante. Seguro. Por un tiempo estuve mal, sí. Pero ahora sólo sé que estoy radiante. Pues que te puedo decir que no hayan dicho los periodistas: “Llevaba varios días encerrada y “él” llegaba para forzarme. No sé de dónde saqué fuerzas para defenderme y no sé cuánto tiempo habría aguantado… no lo sé… Tal cuál la declaración que di a los medios. Descuida amor, ¡En verdad estoy radiante! Yo también te extraño. Ojalá regresaras pronto. Sí… yo también…

24.6.07

Metamorfosis


Justo el martes, desde las lejanas tierras de Costa Rica, Laila me contaba la siguiente historia:

Entró hacia el medio día para vigilar y estudiar los nidos más próximos de las aves correspondientes al reporte de ese día. El tiempo, que como diría David S. Landes, es un símbolo hegemónico, fundamental e indispensable para las personas, no logró advertirle sobre el paso incesante del sol y la llegada contundente de la luna. A cada paso, cada vez que se internaba más, el latido de su corazón se hacía más intenso. Nada parecía importar. Todo se asemejaba a esa casa onírica en la que sólo ella habitaba, o en la que se refugiaba de las incursiones a la rutina, a lo cotidiano que desde hacía tiempo no dejaba de asfixiar.
De pronto, la oscuridad de las plantas, los animales y Noto, extraviado y ansioso, soplaba sus cabellos y la obligaba a entrecerrar los ojos. Se había hecho de noche y ella estaba en el corazón de la selva.
Hay dos posibilidades para el final de la historia: La primera y más aburrida (que fue la que me contó Lai), que ocurre con la búsqueda y desesperación de ella, los tropiezos y la lucha contra Noto ante la oscuridad de la noche nublada, que los observa atestiguando la batalla entre el deseo de vivir y las circunstancias adversas. El triunfo total y regreso a casa, como la buena historia de un héroe.
O, la segunda (que estoy segura que es la verdadera): el corazón de la selva la ha devorado. Parece que no hay salvación y lo único que queda es mantener la esperanza de que con el sol que vendrá con la mañana y el desplazamiento de la noche, pueda salir avante de las terribles dificultades y la pérdida total de la templanza. Pero, algo extraño ocurre, los árboles la toman, la sofocan con sus ramas y las hojas. Pierde su ropa, su lámpara y todo lo que la había distinguido como exploradora, estudiosa y civilizada. Se ha convertido en aquello que sólo había ocurrido en las lejanas Islas Cook, en lo profundo de la vegetación y de lo incierto de la Isla más habitada. Se ha convertido en la sucesora de la reina, y deberá cumplir las funciones que ella, con justicia y sabiduría, realizaba para sus súbditos durante el periodo de mandato.
Ahora ella porta otro nombre, otra ropa y otro destino: atrapar y seducir a los hombres, ofreciéndoles su amor a cambio de la vida en la peligrosa Selva. Sí. Es en lo que se ha convertido. Ya no interesan más los cantos de las aves, los reportes ni el trabajo a desempeñar. El viaje la ha conducido a su verdadero camino y ya no hay remedio, ya no hay marcha a tras. ¡Rarotonga no murió, ni Pinche Juan la vio morir!… porque: ella.. ella, se ha convertido en Lailotonga!

9.6.07

I've seen it all, I've seen the dark; I've seen the brightness in one little spark


Hace algunos meses, supuse que había sido muy afortunada y que tuve oportunidad de ver todo lo que quería y todo lo que podría querer. Mis ojos siempre resultaban grandes aliados y consuelos incondicionales.
Pero el otro día descubrí que tenía una especie de piedra debajo del párpado, de modo que intenté revisarlo para asegurarme.
En efecto era una piedra, sin embargo, no tenía idea de cómo llegó ahí. Comencé a pensar las veces que había estado mirando en la calle. Creo que mis ojos se abrieron de más y eso provocó que una piedra ligera volara hacia el interior de mi ojo.
Quizás no tiene mucho que ver y sólo la piedra se instaló un día que dormitaba en el parque. Una piedrita huérfana que decidió alojarse en el lugar más hermoso, o el más cálido, pero al fin una piedrita dentro de mi ojo.
Siempre he sido muy hospitalaria, de modo que no me importó para nada que la piedrita se divirtiera como nunca en mi ojo y pasara una temporada ahí.
La gente me decía al verme a los ojos que si sabía que tenía una piedra en el párpado y yo les respondía que sí y que no me incomodaba. La piedra comenzaba a gustarme y la sentía parte de mí, como si mi ojo siempre hubiera tenido una piedrita, desde niña.
Sin embargo, de un momento a otro, la situación amena y confiada desapareció: mientras me lavaba la cara, sentí que había más de una piedrita en mi ojo. Palpé mi párpado y, en efecto, descubrí un segundo bulto más pequeño.
Por principio creí que mi piedrita había parido otra. Pero luego descarté esa teoría porque supuse lógicamente que desde el arribo de mi piedrita debió haber llegado otra para que hicieran una tercera piedrita. Además, no conocía del todo el tiempo preciso de gestación de las piedras ni las condiciones en que estas se deben dar dentro de un ojo.
Lo cierto es que no había modo de preguntarle a mi piedra cómo era que había una segunda pierda más pequeña haciéndole compañía.
Dejé el tema por unos días y comencé a despachar los asuntos cotidianos. Pero poco a poco, ambas piedras hacían desastres totales que obstaculizaban por completo mi practicidad en el día. No sé bien qué era lo que pasaba dentro de mi ojo, pero todos los días terminaba llorando. Sin controlarlo. Terminaba siendo vergonzoso e incómodo, porque había veces en que me divertía mucho y, de pronto, mi ojo comenzaba llantos y llantos incontrolables, haciendo que la gente que me rodeaba se alejara con incertidumbre.
Otra mañana, eran tres piedritas. Entendí que quizás la segunda piedra que había sentido días antes, era la necesaria para hacer una tercera.
Esto se había convertido en una situación infranqueable, porque mi ojo estaba obstruido por completo. Y las piedras haciendo de faenas. Ya no eran huéspedes alegres sino demandantes. Ya me importaba mucho que se divirtieran a costa de mi ojo, de mi rostro y de mi incapacidad por sacarlas.
Decidí acabar con el problema y acudí con el oculista. Tras larga espera fui atendida por un hombre de aspecto raro que se limitó a ver mi ojo y tomar algunas notas. Luego, alargó un papel con palabras escritas y un dibujo gracioso.
No entendí nada de nada. Y me fui a casa sin comprar medicamentos. Estaba agotada y las piedras chillaban de forma extraña, como creo que las piedras no chillan o deberían chillar.

Al día siguiente, amanecí y mi ojo tenía muchas piedras. Ya no había espacio, así que se desplazaban a otras zonas de mi rostro. Ya no podía ver.

Ahora me he acostumbrado a que las piedras sigan creciendo. Las siento en las manos, en las piernas, hasta en la punta del dedo gordo del pie.
No me arriesgo a que mis ojos permanezcan abiertos, así que siempre parece que duermo. La última vez lloré piedras pequeñitas y saladas. Temo que si abro los ojos aparezcan dos rocas afiladas. Y temo mucho que algún día, todo lo que ocurre dentro de mí se convierta en piedras inquebrantables y filosas, que terminen por romper mi carne y convertirme en una estatua gris y sombría.


26.4.07

मि corazón es atómico (a pesar de todo esa rola sí me gusta)


Por las llamadas telefónicas desesperadas.
Como diría Calamaro, para vos

De pronto me doy cuenta de lo difícil que es seguir compartiendo el espacio con el otro.
Acabo de leer otra noticia en donde comentan el descubrimiento de un nuevo planeta que podría ser habitable. Je. Miro a mi Lamento y pienso en todas las veces en que me disparaba a lugares insospechados. En donde volaba y atravesaba distancias con tal de alejarme de él. Y me doy cuenta que, desde hace mucho, yo ando en planetas habitables y propios...
Sin embargo, vuelvo a pensar en un ámbito más objetivo: que hay un planeta posiblemente habitable.
Esta es, sin duda, la gran oportunidad. Imagino que todas las personas pudientes harán nuevos planes. Los grandes humanistas pudientes reflexionarán en las posibilidades infinitas que ofrece la nueva tierra, completamente virgen y llena de esperanzas. Darán la espalda a la zona baldía en que ahora vivimos y no darán marcha atrás. Los científicos pudientes idearán nuevas formas de adaptación y modelos más eficaces para simplificar la vida. Existirá la verdadera Utopía. No se cometerán los mismos errores que ocurrieron cuando América.
...
Mi Lamento y yo nos miramos pensando que también puede ser un lugar para mandar a todos los que no queremos. Ese nuevo planeta se podría llamar La Chingada. (jeje, risas de ambos).
...
Sigo leyendo: “Científicos de tres diferentes centros de investigación han descubierto un planeta, que por sus características de temperatura y composición, puede ser habitable para los parámetros humanos y se encuentra relativamente cerca de a la tierra.”
Recuerdo todas las propuestas de ciencia ficción que hablan al respecto de un nuevo espacio para recomenzar o para huir. Recuerdo a Ray Bradbury. Y, de repente, tomo conciencia de que la ficción se adelanta a la realidad... o bien que es una ventana por la cuál asoma la realidad todas sus posibilidades.
Observo a mi Lamento, que se rasca la barbilla peluda y olisquea un trozo de carne dispuesto sobre la mesa. Me doy cuenta de que si fuera cierto, si aquél planeta que representa un número de posibilidades inversamente proporcionales al número de desgracias, si todos decidieran realizar su gran segunda oportunidad ahí, yo me quedaría aquí. Yo aprovecharía para visitar todos los continentes caminando. Yo subiría y bajaría Machu Piccu otra vez. Bailaría tangos en San Telmo. Recorrería las curvas del Iztaccihuatl, Buscaría a Ernenek en el Polo Norte. Lloraría en la Alhambra. Segaría el curso del Nilo. Caminaría toda la Muralla China. Conocería a los lémures y a los ornitorrincos.
...
Tan sólo son ideas y le doy un sorbo a mi refresco. Me doy cuenta, que después de haberlo recorrido todo, la soledad me habría hecho fría. Porque como me dijo alguna vez Rafa (con su infinita sed de conocimiento), el infierno es, en su más primigenia concepción, aquél lugar en donde hay témpanos de hielo y la calidez del amor divino (que siempre es divino) no existe.
***
La carencia de amor me destruiría porque mi corazón es atómico y haría explosiones terribles.
***
Miro a mi Lamento, que está completamente aburrido por mis reflexiones, y decido parar de pensar en Utopía o La Chingada. Son las 11:30 de un miércoles agitado. Camino, tomo el teléfono y espero a que contesten, porque me he dado cuenta que a pesar de todo, de las ausencias, las distancias y las heridas, los deseos de huir y comenzar de nuevo, en la Tierra Baldía aún hay átomos de amor que irradian hacia mi campo de atracción incesante.

27.3.07

Je ne parle pas français


Hoy, mi Lamento y yo nos dimos un descanso. Él comenzó a revisar las notas en el periódico mientras yo preparaba café para ambos. A veces pienso que estamos haciendo buena dupla, cosa que me llena de horror. Él se rasca su oreja derecha, que es alargada y grisácea, mientras lee la sección de deportes. Yo tomo la sección cultural y busco alguna reseña de libros. De pronto, reviso que hay una sección fuera de lo común en donde aparecen esta clase de notas: "Se casa el hombre más peludo del mundo" "¡Niña gana concurso de tenis malolientes!” “Lo sientan junto a un cadáver”. Reparé en esta última: El hecho, que se conoció ayer, ocurrió hace poco entre Nueva Delhi y Londres, en el cual una mujer murió y su cuerpo fue acomodado en un avión junto a un hombre a quien no le avisaron de la situación. La mujer de avanzada edad, que iba con su hija, falleció pocos minutos después del despegue. Según la legislación internacional, no está estipulado que en caso de la muerte de un pasajero se deba regresar y/o suspender el vuelo. Entonces, el comandante ordenó llevarlas a primera clase. El problema era que no había puestos contiguos y debían mantener la reserva. Por lo tanto, a la fallecida la ubicaron junto a un desprevenido pasajero y detrás a la hija. Paul Trinder, de 54 años, un alto ejecutivo de una multinacional, casi ni se percató que a su lado le acomodaron a una mujer anciana, flaquita y que no musitaba palabra. Sorpresa poco agradable Luego de una hora, constató que cada vez que el avión se movía la mujer se balanceaba sin despertarse, hasta que quedó casi por fuera del cinturón de seguridad. Al ver esto, Trinder trató de acomodarla y al ver que no contestaba ni reaccionaba, llamó a la azafata. "Esta mujer acaba de morir. Le pedimos comprensión y discreción, no había otro puesto libre. La hija es esa mujer que está llorando sentada a tres puestos, por favor mantenga la calma", le dijeron. Trinder, impresionado, regresó a su puesto y se comportó con la mayor delicadeza frente a la extraña situación. Al aterrizar, luego de 8 horas y media de vuelo, un carro fúnebre se llevó a la mujer. Por su parte, Trinder se despidió de la tripulación y solamente apunto a pedir el reintegro de las 3 mil libras esterlinas (13 millones de pesos) que había pagado para viajar con la mayor comodidad.

Mi Lamento y yo, que gozamos de humor negro sin precedentes, estallamos en carcajadas y decidimos recortar la nota, para después pegarla en la pared de la alcoba.

25.3.07

Avec moi


Mi lamento tiende a ser monótono y cansado. Me incomoda estar con él. Cuando despierto se posa en mi estómago y pienso que es la pesadilla que logro ver en los momentos en que ya no reconozco la vigilia. Luego, me acompaña a trabajar y se sienta frente a mí, detrás del monitor de la computadora. Tiene mirada penetrante, porque sus ojos son rojos y afilados. Sus pupilas son diminutas, lo que me hace pensar que no es nada bueno, porque las personas buenas tienen las pupilas dilatadas. Cuando termina el día laboral y me voy de la oficina, se prende de mi pantalón y se sienta a mi lado en el camión que me lleva a la clase. Durante el trayecto, entra por uno de los poros de mi pierna, luego sube por el torrente sanguíneo hasta que se instala entre el pecho y el cuello. Crea un vacío chiquito pero terrible, que deja siempre solo porque se entretiene empujando mis lágrimas mientras voy caminando. Al llegar a la clase, él se aburre y me permite descansar. Es cuando puedo prestar atención y aprender mucho. Pero, fuera del salón, tampoco me quita la vista de encima. Teme que me pierda de vista y se quede vagando hasta encontrar a otro que dominar. Cunado salgo de la clase, oteo alrededor esperando escapar. A veces lo logro: corro desesperada por las escaleras del lugar, a travieso calles, llego a casa, me arrojo a la cama y, sin poder dar un respiro a mi agotamiento, creo que por fin le he ganado. Pero me doy cuenta que me espera detrás de la puerta, justo cuando la voy a cerrar. Silencio. Ahí vienen las represalias. Ahí se desquita de forma cruel y mis gritos de dolor no los puede escuchar nadie. Todos son Ulises, todos cierran sus oídos con cera caliente e inquebrantable. Luego los dos nos damos un descanso, él en la esquina de mi cama y yo en la esquina de mi cuarto, esa respectiva esquina donde me siento abrazando mis rodillas, pensando que me hundo y caigo en la misma recámara a una luminosa y amena. En ese momento me levanto y me recuesto en la cama, duermo plácida y espero que despierte ahí mismo, y no volver a la otra jamás. Pero mis ojos se abren, como las ventanas de la casa abandonada, y el lamento sigue ahí. Tiende a ser monótono y cansado. Me incomoda estar con él. Cuando me despierto se posa en mi estómago y pienso que es la pesadilla que logro ver en los momentos en que ya no reconozco la vigilia.