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15.9.11

Anita y su relación inconsciente con lo ridículo

La discreta agudeza y la agudeza simple son operaciones retóricas que son bien aceptadas en lo vulgar y en lo sofisticado. Es quizás uno de los tratados en los que el alma se siente más tranquila y solaz. El buen humor, amigo incansable de la amistad, es capaz de llenar cualquier vacío de conversación aparatosa, cualquier sentido de la desdicha – ocasionado por la muerte o por el corazón partido – cualquier asomo de aburrimiento, mismo por el que, a la manera de Kafka, sólo nos queda resumir nuestro gesto en un delineo de la ceja con el dedo meñique.
Me gusta el sentido del humor y me gusta usarlo en los mayores de los casos. Pasa, entonces, que cuando gusta algo se hace tema: recuerdo que en mis primeras relaciones con la pintura, asocié algún arremedo de comic “cómico” y realicé uno a mi modo. Asimismo, cuando crecí un poco más, también recuerdo haber intentado un comic erótico, donde un par de sujetos olvidaban el tan mencionado condón de mi infancia, aquél por el cual los rockeros anunciaban el principio del placer seguro y la única medida de resistencia contra el temible SIDA.
Me gusta el buen humor, el cómico, el que mueve a la risa desenfrenada o a la risa discreta. Me gusta que la desproporción de los gestos y de las cosas nos mueva a soltar la carcajada sanadora que pone en paz el cuerpo. Aquella que, a modo de trueno, cimbra el plexo y hace que con fuerza sueltes el malestar.
Anita todo el tiempo hace bromas… a veces resultan un poco pesadas y, por tanto, su figura se torna un poco siniestra. Pero, a grandes rasgos, ¿qué no lo es? Pocas veces las sonrisas se hacen simétricas y, forzando un poco la interpretación, llegan a ser un poco sardónicas. Las personas que sonríen todo el tiempo, en realidad son amigas de la ironía y, en casos verdaderamente serios, su gesto deja de ser amistoso para convertirse en grosero.
El gesto, entonces, está fuertemente relacionado con lo cómico. Asimismo, va de la mano con lo que nos mueve a una reacción. El gesto lo es todo, el hermano, el amante, el siervo, el amo. El gesto es aquello que nos pertenece y nos traiciona, porque cuando queremos mentir, a veces se sale de control y empuja fuertemente a la verdad. Quedando, entonces, en ridículo.
El humor, entonces, relaciona aquello que resulta cómico con lo que no lo es necesariamente. Bajtín nos habla de él para relacionar los momentos en los que Rabelais habla de las grotescas aventuras de Gargantua y Pantagruel. Nos dice que todas aquellas aventuras en las que defecan, eructan y practican coitos son, en realidad, episodios sobrecogedores que permitían la “carnavalización” de los interesados lectores. Esta misma carnavalización es, también, un recuerdo profundo e intenso de las épocas en los que la subversión de jerarquías era la única manera de hacerle frente a una vida miserable y llena de tragedias (como acaso se pinta a la que se vivía en el Medioevo). Eventos en los que se coronaba al rey de los feos (y es aquí cuando Anita se imagina y recuerda diminuta y disminuida, en los momentos en que más triste se sentía y más deforme creía que era. Sin duda, Anita piensa con nostalgia que ella hubiera sido el rey feo sobre todos los reyes feos del universo).
Pasa entonces, que el humor es un tema que sobrepasa el sentido que habitualmente le doy y, entonces, es cuando pienso en la constelación misteriosa de las cosas que significan otras. El mundo y las cosas, dice Foucault, y las constelaciones a las que él hace alusión en la Arqueología del saber. Hay, entonces, un mundo de significados que vigila cada uno de los movimientos y reacciones que experimenta nuestra alma, aspecto que sin duda, asemeja una pintura de nosotros mismos (o sólo de Anita) en la que vemos el movimiento vertiginoso de un ojo que se corta con una navaja porque dentro contiene la verdad del mundo.

16.6.10

Anita entre caníbales

Y por fin. Tras mucho desear, parece que los sueños se cumplen y poco a poco van aflojando. Sin embargo, resulta difícil hacerse una idea clara de lo que debería pasar después del ever after. Anita se sentía verdaderamente orgullosa y pensaba en lo maravilloso que resultarían los días siguientes. Cierto es – y ella es testigo – que el primer sueño que tuve después de mi última gota de energía fue uno de los más descansados que he tenido. El agotamiento imperioso cerró mis ojos y me suspendió fuera de mí, para ver una imagen de mi misma con una sonrisa gatuna, durmiendo.

***

Desde pequeña entendí la importancia de los sueños y el bosque de signos que los configuran. Me gustaba gozar de aquellos en los que veía inmensidades, así como de otros en los que reía mucho y sin parar. Ahora que estoy grande me doy cuenta de que casi siempre sueño en tonos sepias o, incluso, en un contrapunteo blanco y negro. Suelo bromear con la poca tecnología de mi dimensión onírica… pero pronto comprendí que quizás este color era el de los sueños tristes, aquellos que me han acompañado por mucho tiempo. Los sueños, entonces, desde pequeña que era, ya significaban muchos suspiros míos o espasmos mudos. Mis recuerdos vehementes de aquellos en los que me veía rodeada de signos terribles aún provocan gritos hundidos en mi garganta. Aún me aterran y me obligan a sumergirme en lo hondo de mi cama y, apenas, musitar algunas oraciones. Aquellas que siempre me han salvado de los jalones y las amenazas de figuras desconocidas y oscuras. Asimismo, recuerdo que de pequeña una vez la pesadilla fue tan fuerte que corrí a la cama de mis papás a refugiarme debajo del brazo de mi mamá. Ella me dijo que si pensaba en algo que me gustara mucho, el miedo se esfumaría pronto. Así lo hice, pero ahora, mis imágenes bellas se han confundido hasta el absurdo y ya no resulta nada fácil discernir los paradigmas de lo bonito frente a lo terrible como cuando era pequeña. Ya no soy pequeña. Aún me aterran los rostros, las mujeres vestidas de Húngaras que abundan en Zacapu, los manteles de papel picado en el mercado de cuerpos, las cabezas relucientes en los escaparates, los torsos que se levantan de forma misteriosa. Aún les temo mucho y aún me cuesta trabajo comprenderlos.

****

Cuando desperté, en verdad que me faltó sueño. Ya no podía hacer mucho, porque el tren que llevaba mi agenda no paraba y no quedó más que seguirlo al paso atontado y la mirada lagañosa de las primeras horas de la mañana. Pasa a veces que no despierto del todo de esos sueños y confundo mucho la casa, la cama y la recámara en la que me refugié. También pasa que las personas con las que me encuentro y me relaciono, se convierten en algo que no conozco y que, a veces, me resultan agrestes.

Entonces, recuerdo mucho las imágenes de ellos mismos comiendo. No sé porqué me vienen a la cabeza sus bocas moviéndose y luchando por despedazar un trozo de algo.

En seguida me doy cuenta de que duermo aún. Despierto una vez más llena de espanto. Con la cara blanca y las piernas temblando. Y así es que también recuerdo aquellas otras cosas que desde siempre me han sorprendido, como los mazapanes en forma de Santos que comen en algunas partes del país, como los vampiros en su más puro sentido de nosferatus, como la penúltima escena de Fando y Liz, como los cuchillos, como las hachas, como la sangre, como los trozos de algo y las piezas de un cuerpo que se deshace. Me sorprende y aterra mucho la idea de crecer, porque me recuerda que me sorprende la imagen de la muerte

De la muerte que se come a sí misma.

De alguien que come a otro igual a él mismo.

De la serpiente que se come la cola.

De sentirme sola entre caníbales.

29.9.09

Good night sweet princess. Good night…

Hace días que los blogs que leo guardan silencio.
A veces pasa que no se dice mucho o que no hay mucho qué decir. A mí me pasa que las palabras las tengo apelmazadas en la garganta, cayendo irrefrenablemente por un hueco que se asienta justo a la mitad del cuello. Hoy pensé en el espacio que implica ése imposible agujero. La distancia que medirá su caída, como las dimensiones que tiene su acceso. Es un túnel complicado del que desconozco la meta, o la finalidad, o el inicio. Es sólo un evento que ocurre en la garganta por periodos imprevisibles, que toma desprevenido y que, cuando sorprende, hace que ponga cara de idiota.
A grandes rasgos, vale la pena escribir sobre ese agujero porque es una manera de dialogar con él. Es posible que le esté dando atributos que no le pertenecen, como un halo de voluntad o un misticismo patético. Sin embargo eso es preferible a que permanezca en la impavidez de la garganta y se convierta en aquella fuerza inconmensurable que jala la mandíbula con violencia.

Me gusta hablar del cuerpo. Me gusta pensarlo como una formulación de posibilidades en las que cada una ejerce una ruta impredecible y caótica. Me gusta pensar que los dedos de los pies se desprenden y transitan, como los talones, como los tobillos, como las pantorrillas. Una mujer que se deshace y que pierde las piernas y que se ve en muñones. Pierdo los muslos pierdo las caderas, pierdo mi vientre (que tantos problemas te ha dado, que tantos miedos y tanto dolor), mis costillas se desvanecen, mis senos se hunden, mis brazos se desprenden y flotan, marcando el ritmo lejano, haciendo rizos en el aire que nadie sabe de dónde viene. Todo lo que queda se repliega con lentitud por ese agujero, hasta que no hay forma de saber qué es lo que hay fuera de él. Dónde fue que quedó todo lo que se esfumó de manera maravillosa. Cuándo es que el hueco llegó y dejó que la garganta lo hospedara y jalara por la mandíbula con violencia, Con aquella fuerza terrible que sólo los agujeros que nacen en la garganta tienen y que el silencio de los demás que lo padecen impide que se diagnostique a tiempo.

13.8.09

Crisis

Una de las definiciones que más me gustaba de esta palabra era “momento de decisión” (Cf. Vicente Guerrero, el profe de filosofía de la prepa). Supongo que él la obtuvo de la DRAE, sin embargo, la manera en la que él la abordaba era muy prometedora: usaba a Nietzsche para contextualizarla, pues finiquitaba sus puntos diciendo: “lo que no mata fortalece”.
Hoy en día, es complicado pensar en el término polisemántico (como todas las palabras), con acepciones cursis y rimbombantes… como las de los televisos sacando a sus peores representantes de medios diciendo que todas las crisis se pueden combatir con el corazón. Asco. Asco histórico y de carencia. Asco terrible e ignorante.
Yo pienso más en mis propias crisis que son de las que poseo más albedrío, o bien, mayor acceso. Mis crisis, constantes e intermitentes, se mueven como puntos espasmódicos (recuerda a los movimientos mediante los que la Maga y Oliveira se encontraban en las calles de París). Mi crisis que deviene en “papel en blanco” es la más recurrente. Cuando no puedo escribir algo medianamente formal y académico (otra palabra rimbombante) suelo llenar el blog. Pienso dos veces la afirmación anterior y me doy cuenta de que Anita, más bien, es la que reclama atención y me dicta. ¡Cómo me gustaría que Anita me ayudara en los otros menesteres!
Sin embargo, hay otras crisis que distraen, como la falta de dinero, de amigos, de diversión, de voluntad, de salud y de seguridad. Resulta cursi creer que algo puede garantizar la abundancia en estos aspectos. Pero igual es curioso saber que la misma abundancia puede ser perra con quien mayores dones le ha dado y resultar en melancolía. De las más canijas.
Todo un desbarajuste, ausencia de orden y de progreso. ¿A quién se le pudo ocurrir semejante falacia? El escritorio de las personas que más respeto es todo un nido, será acaso que no comprendo la metáfora y los nidos son la pequeña casa de las ideas, las cocinas literarias, o ese archivero que yo me imagino con alegría en el que un anciano simpático, que carga un quinqué, ordena todo lo que le meto. Un ordenador premoderno, un ordenador real.
Las crisis son esos momentos en los que el cuello se tensa, las uñas peligran y el cabello se cae. No son agradables, con certeza lo puedo decir. Pero, también son perras y se van cuando uno menos lo espera para seguir el mismo patrón de vuelta. Sin embargo, releo esto y pienso: ¿Quién en su sano juicio puede pensar que es posible adivinar el arribo de una crisis, como el momento en que una ventisca arrastra la tierra, o como el día en que va a llover? Es tonto pensar que la seguridad significa ser feliz. Es tonto pensar que la calma atrae la dicha.
¿Qué más es tonto? Todo. Las crisis, la vida, la felicidad… este post se va pareciendo a una canción de The sex pistols (Good save the queen) y yo a Syd Vicious (sólo que sin la sangre yiak).
En realidad no creo cabalmente que sea tonto, es sólo que a veces me siento un poco violenta y Anita prepara amuletos con rapidez para evitar que mi monstruo se haga más grande y que el Lamento vuelva.
Y entonces, cuando la miro, pienso que eso sí es tener razón. Los amuletos es el único consuelo que tenemos ante la crisis y ante todos sus síntomas. Si no lo la previenen, al menos hacen posible la fuga de escape en otros canales y en diferentes direcciones.

13.7.09

El héroe. Hacia una breve tipología (sin aparato crítico, por supuesto).

Los héroes son imágenes necesarias. Todo el tiempo se ven y se hacen héroes por doquier. Sin embargo, tras el recuerdo del Héroe de las mil caras y su lectura confusa hacia los tiempos en que había sido un encargo y no una necesidad, comprendí que el arquetipo, o la asociación de la función del héroe, viene desde las imágenes.
Los héroes miran distinto, es justo decirlo. Parece que tienen que ser melancólicos y despedir luz azul. Sin embargo, creo que esto es sólo una de las imágenes recurrentes de las que hablo.
Campbell decía en su libro que los ciclos por los que el héroe debía pasar le transportaban a escenarios por los que el individuo sorteaba distintas aventuras de índole difusa. Por principio, debía reconocer su destino, luego emigrar, luego encontrar a su mentor, luego hallar a quien lo ame y quien lo odie, luego sufrir, luego afrontar, luego viajar de nuevo, luego sufrir de nuevo (esta vez, mostrando todo lo que ha aprendido) y al final, portando el elixir que todo lo cura y lo salva para ayudar a su entorno. Porque los héroes eso hacen.
Yo me pregunto si hoy día gozan de la misma popularidad o simpatía que antaño les hacía una gala por antonomasia. Los héroes eran los personajes que todos querían ser o que todos querían conocer. (Cuando Lisa Simpson viaja con la familia desquiciada a Inglaterra y se encuentran con J. K. Rowling, le pregunta con ansias: ¡¿Cómo termina Harry Potter?! Y ella contesta: él se casa contigo…. Y Lisa suspira enamorada).
Ahora, muchos héroes (quizás los que más empatan con el diagnóstico de Campbell) son repudiados. Yo podría sugerir que un motivo de esta reacción radica en la falta de verosimilitud, o en la idea de que no hay nadie que a quien salven ni nadie a quien que ayuden, pues todos estamos solos y desamparados.
¿Los héroes, entonces, son necesarios o sólo paliativos? Como en las veces en que se sugiere que los pacientes no se automediquen ¿Será necesario que las personas no requieran de aquellos héroes a los que desprecian o con los que no se identifican?
Yo creo que los héroes existen a pesar de la obstinación por el desamparo de todos los buenos hombres de hoy que, como dice Luisa Josefina Hernández en Equinoccio, son suicidas por vocación y destino. Para estos, duele vivir y los héroes no sirven para ni madres. No existen (otro síntoma para hacer la imagen una carencia del ámbito palpable y razonado, aquél que demuestra las grandes plenitudes humanas). No son interesantes, pues lo de hoy es que importe el desazón acumulado de la historia infame, de su racimo sórdido de malos entendidos. No son divertidos, pues bien importa poco la diversión.
De este modo, los héroes ocurren sin la necesidad de ser llamados y sólo se hacen presentes para, un día, ser reconocidos de entre la multitud y, así, socorrer.
En este sentido, hay quien se quiere volver héroe para ser legitimado. Cruzan los caminos dispuestos, trazan las rutas, se hacen de los enemigos y dimiten al instante. Es sabido que los héroes, por definición, jamás anhelan el reconocimiento histórico. Saben que su historia será narrada de manera póstuma… porque, sí, los héroes, tras ayudar, deben morir.
Uno de los ejemplos más cliché es el de Frodo, sin embargo, prefiero reparar en Sam. ¿Quién es el héroe de la saga? Para mí, siempre fue él, pues tenía la bondad suficiente para procurar la carga de Frodo y del anillo, pero sin la astucia suficiente como para portarlo. Pero ¿A quién le importa portarlo? A Sam no. A él le importa hacer que Frodo llegue a su cometido. Esa es amistad de la buena, como el amor del bueno.
Los héroes, entonces, son como vehículos o portadores de destinos. En este otro sentido es que tienen miles de caras.
A ciencia cierta, no sé bien que son los héroes, de ser franca. Sólo apunto lo que Anita, cansada, me dice desde su contemplación. Pero sí creo que el motive de los que se llaman así, debe estar regido por la necesidad de ser amados. Como aquellos escritores que sólo quieren que los quieran.
Desde este otro sentido, los que escriben son los portadores de las historias de los héroes y los que cargan su destino. En imagen al revés, entonces, el héroe lo mira y le pregunta qué tan lejos es que está y lo iguala. Pues el autor es el héroe. Es el que sabe el elixir de la escritura y a la vez lo procura.
Los escritores, entonces, son los héroes de la historia que nadie narra… o que algún escritor está viendo y al que le preguntamos e igualamos como un gran creador de mundos y destinos, un comandador y jalador de este bagón. Que conduce un gran locomotor. (cfr. CT)

1.5.09

Eir ist schrecklich. Er ist wirklich schrecklich

El motivo musical con el que la secuencia de palabras “Eir ist schrecklich. Er ist wirklich schrecklich”, que entonaba Salomé escuchando las palabras apocalípticas y desoladas de Jokannan es, sin duda, uno de los más exóticos que conozco.
Como muchas, acudí a esa maravillosa clase de las conferencias de Luz Aurora Pimentel en la que analizamos, en una segunda sesión, la música dentro de la literatura. La relación entre ambas manifestaciones y experiencias estéticas es, sin duda, un deleite tan complicado como sus componentes. Así como la yuxtaposición es una de las formas de incluir la música en el fenómeno narrativo, también la relación entre motivos literarios co n los motivos musicales es otra manera interesante de abordar el fenómeno.

Según Pimentel, la relación entre la obra de Wilde con la ópera de Strauss es poderosa y, en palabras de ella, supera la adaptación

Ahora, ha pasado una semana y no hubo clase. Como todo, no hay gran cosa. Las calles van solas y la gente tiene la mirada espantadísima. Seguramente yo me he de ver igual si saliera.
(Anita simplemente ya no me aguanta… pues dice que mi histeria se está haciendo ingobernable y que a la mera, lo importante es la tristeza honda…)
Entonces lo escuché: Eir ist schrecklich. Er ist wirklich schrecklich. Y pensé que la forma en la que canta Salomé es aún más terrible porque sabe lo que va a pasar: le cortará la cabeza a Jokannan, o al menos le hará mucho daño. Ahora creo que siento algo similar. No creo que haya algo o alguien que sepa a ciencia cierta qué y cómo está pasando ahora. Pero veo que la mayoría no sabemos qué diablos ocurre ni lo que se espera.

Muchas de las cosas que he leído o que me han reconfortado rebotaron por mi mente, pues pensé, evidentemente, en el último gran libro al que le hice promoción en la editorial: La doctrina del shock de Naomi Klein. Ahí se menciona la idea de cómo es que la Escuela de Chicago, dirigida por Milton Friedman, establece una serie de herramientas y metodología de lo que pasa a una sociedad entera cuando experimenta un evento de shock. Esto puede ser un golpe de estado, un desastre natural, una epidemia (sí.. sí, tal cuál la estamos viviendo nosotros), una guerra.. vaya, todo lo que altere significativamente a la población, haciéndola permanecer intranquila, expectante, deprimida, y con mucho mucho miedo.

A la mera, esto no quiere decir que un grupo de hombres malvados, acariciando gatos blancos, con cicatrices en el rostro y parches en los ojos, planean llevarse nuestro oro escondido en el Pacífico, nuestro petróleo, nuestras perlas o nuestras almas. Quiere decir que la Escuela de Chicago y Milton Friedman observaron y comprendieron que los estados de shock en los que cae una sociedad son materia fecunda para instaurar reformas polémicas o poco populares o de cualquier índole. Bajo los ojos de la autora la mayoría de estas políticas son de índole capitalista a ultranza. Y conociendo los mecanismos usuales del capitalismo, coincido con ella.

Esto no es un nuevo dato, pues, como lo menciona Klein, la base de la doctrina es la terapia de electroshock, la cual fue muy usada en las Guerras Mundiales.
A la mera, esto podría parecer una más de las tendencias complotistas o paranoicas que se viven hoy en mi país, sin embargo, no es tal y, por el contrario consuela, pues la medida que Klein menciona para hacer frente a un diagnóstico de aplicación de esta doctrina es que se debe estar atento a la información y no permitir la histeria, vaya, permanecer tranquilos y pensar: no puedo hacer más de lo que estoy haciendo, no dejaré de mantener un estado de conciencia claro y no dejaré de tener una actitud crítica y no permitiré que el shock sea más largo.

Porque es eso: el shock siempre es pasajero. Lo que se debe impedir es que se alargue.

Por otro lado, recordé otro de los libros famosones de Paidós: El arte de amar. Sin duda uno de los más vendidos, leídos, controvertidos y demás.

(Por si lo están pensando: no. No estoy promoviendo a la editorial porque ya no trabajo ahí. Los libros son buenos, vaya… los libros siempre serán inocentes).

A muchos les conté de viva voz que en los últimos días de labor, ví una edición preciosa en la oficina: pasta dura roja, papel satinado, letras negras, rojas y las notas no al pie sino al margen. Una cosa chula. Pues hoy decidí leerla.

Comencé porque entraba en otra crisis depresiva, de incertidumbre y demás sentimientos que seguro muchos estamos compartiendo en estos momentos. Decidí hacerlo en el jardín de mi casa, pues en mi recámara me he sentido vulnerable y triste.

No es una grata sorpresa saber porqué Fromm es tan leído, ya que en realidad no es una sorpresa: lo que él hace es una especie de “divulgación psicológica” y aborda aspectos denominados “universales”: cómo es que amamos y cómo es que podemos amar o no amar a los demás.

Como con todo teórico que se avienta a definir conceptos tan proliferantes como el de amor, comparto algunas premisas y otras no.

Quizás, la observación más brillante que Fromm menciona en su libro es que el hombre es un animal que tiene consciencia de la vida, esto quiere decir que sabe que nació a pesar de su voluntad, que no tiene más certeza que su pasado y que en el futuro morirá a pesar de sí mismo. El nombre, la individualización y demás huellas para que un hombre no sea olvidado son estrategias que intentan eliminar la única certeza inevitable, la muerte, que puede ocurrir antes de que los amados mueran o después de que los amados mueran. Esto hace evidente la conciencia de la soledad del individuo, de su, en términos del autor, “separatividad”.

Esto es una de las causas por los cuales el individuo padece.

Al respecto del título, amar no es una actitud, es un arte en el sentido de lo que artificio es: hacer algo con conocimiento teórico y práctico. Las posibilidades del amor tienen que ver con esta premisa diatópica y conveniente. Pero hay más: las maneras en el amar a veces suelen ser conflictivas y confusas, pues se pueden establecer mitos en los que un hombre o una mujer buscan ser amados: los hombres buscan éxito adquirido para sorprender y las mujeres buscan la apariencia bella para atraer (pensando que estas son actitudes o cualidades inherentes a un estereotipo creado para hombre y mujer, pero en algunos sentidos funciona si se entiende históricamente y occidentalmente hablando cómo es que se ha entendido uno al otro). También se cree que el amor es pasional, entonces, el autor realiza un análisis interesante de cómo es que la pasión que tiende a “volver” locos en el evento inmiscuido del amor, sólo define la inmensa soledad que habita en aquellos que lo experimentan. Esto no quiere decir que el amor no sea intenso, mas bien, apunta a la necesidad por distinguir la idea del amor frente a la idea de la pasión, bajo el escrutinio del aparato crítico del que autor se vale pare definir.

El amor existe a partir del cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento del otro (similar a las ideas de Levinás y la alteridad). A su vez, amar es dar. Hay confusiones muy comunes en las que se da la relación y definición de los términos. Bajo el perfil que Fromm propone, el cuidado se refiere a la idea de procurar al amante, nada que no sea amado deja de ser cuidado. La responsabilidad se relaciona con la idea de la visión y cautela, entendiendo que la relación es un vínculo de constante dicha y abundancia por parte de ambos. En este sentido, el cuidado y la responsabilidad son las bases para que dos individuos que se aman puedan llegar sentir respeto, puesto que alcanzan conocimiento de ellos mismos (entiendo que el orden de los factores no altera el producto).

Fromm menciona la necesidad de establecer cómo es que el amor se entiende. Dado el caso de que se entienda como la relación simbiótica entre dos individuos, habría que descartar un par de comportamientos nada sanos y muy comunes: el sadismo y el masoquismo. El primero apunta al individuo que busca poseer al otro, destruirlo para saber cuál es su secreto de vida y desmembrarlo para intentar conocerlo – camino muy poco fecundo para afirmar que se ama de alguna manera. El segundo se refiere al individuo que busca idolatrar al ser amado, sentirse válido a partir de su dueño, que disfruta las formas absurdas, desalmadas y violentas con las que el otro lo conoce y lo asume.

Ahí hice click. Ambas lecturas están correspondidas con la situación actual. El problema de un evento tan poco predecible, incierto y doloroso, como lo que estamos viviendo, pone en evidencia la idea del hombre consciente al que Fromm se refiere: no es que nos de miedo la situación, nos da miedo la falta de seguridad y estabilidad, la posibilidad de que la gente que amamos muera o, inclusive, nuestra propia y repulsiva muerte.

Recordamos lo solos que estamos y lo triste que eso es cuando sabemos que los días y las noches son tan inciertos como una lotería.

Pero también ahí entra la doctrina del Shock: lo que nos mantiene en el estado doloroso es saber que las instituciones del país han fallado ininterrumpidamente. De hecho, son risibles, cínicas, prepotentes y en todos los sentidos ineficaces. Pensar que "aquello que no conozco" amenaza todo lo que amo y que me siento desprovisto de un sistema al que se le ha apostado la seguridad y bienestar de la comunidad es, sin duda, lo más alterante

El shock que nosotros vivimos es bipartita entonces: el miedo a lo desconocido e inatacable (la enfermedad) y el miedo al sistema infecto que se hace cargo del problema.

En muchos sentidos, apunta a un círculo vicioso en el cuál “el pueblo” es una eterna víctima de esta situación y es completamente lícito que se arroje al dolor y la eterna soledad que tiene el oprimido.

Ahí hay otro click: es exactamente el modelo que propone Fromm de las relaciones fatídicas y dolorosas. La entidad a la que nombraré “Pueblo” encaja con el tipo denominando “masoquista”, mientras que la otra entidad llamada “Sistema” actúa como aquél amante “sádico”. Esto es un círculo que no acaba, pues ambas entidades resultan, a causa de la relación terrible, necesarias para su sobrevivencia.

Aquello a lo que llamo “Sistema” que funciona como acreedor y usuario de la sensación o estación denominada “poder”, necesita fundamentalmente de la otra entidad llamada “Pueblo” para sostenerse, pues de manera obvia, esta es la fuente de donde emana la cualidad de vida de la otra. Y el “Pueblo” no puede conocer a la otra entidad, sólo la admira, le deposita toda la confianza, se siente arropada por ella asumiendo cualquier tipo de comportamiento violento.

En pocas palabras “Pueblo” se parece a la ñora golpeada que jamás sale del shock y que teme dejar a su marido.

Hace días platicaba con Liz - a quien en poco tiempo he llegado a admirar profundamente - y decíamos que en su trabajo se topó con el abominable caso de un hombre que decidió quitarle el DIU a su mujer, puesto que jamás le había pedido permiso de ponérselo. El mecanismo de este animal fue extraer el dispositivo con la mano, mientras la mujer lloraba y se atemorizaba. Liz me comentó que no era la primera vez que atendía el caso de esta ñora, así que ambas dijimos al mismo tiempo: bueno, ya pinche vieja ¿hasta dónde quiere llegar soportando eso?

Entonces es cuando la analogía me parece oportuna: ¿Hasta cuándo seguirá la terrible (schrecklich) relación entre las entidades “sistema” y “pueblo” de la manera errónea y dolorosa que se ha llevado a cabo hasta nuestros días?

Supongo que una forma interesante de comenzar a pensarlo sucede al abordar lo que se tiene en estos días: un evento ingobernable que nos parece nefasto porque pone en evidencia el miedo a la muerte propia y la de los amados. ¿Qué se puede hacer? Pues todo lo que uno considere que lo mantendrá tranquilo, fuera del shok. Esto puede ser desde seguir todas las recomendaciones institucionales que nos zampan a cada rato, o leer un buen libro, o charlar, o mantenerse comunicados y aceptar que la vida es finita. Que podemos morir por esto o por cualquier otra chingadera.
También, observar críticamente las declaraciones, impedir que nos alarmen o que nos entristezcan.
Lo primordial, no sólo como un evento por el tiempo libre que ha dejado la emergencia, es LEER, saber cómo es que se constituye lo que llamamos sistema gubernamental, de qué derechos gozamos y qué obligaciones nos corresponden; saber en dónde hay una alteración o violentación hacia nosotros y cambiar la relación denigrante a la que estamos acostumbrados o conformados.

Yo le platiqué a Anita todo esto… y ella me decía que quizás reconocer el miedo al desastre era el primer paso para evitar los posibles shocks que se encadenan a lo largo de la vida (como cuando alguien reconoce que es alcohólico jeje).

Ahora, sigo escuchando el verso: "Eir ist schrecklich. Er ist wirklich schrecklich" y sigo pensando en los grabados de aquella Salomé absolutamente extasiada, besando la boca roja de Jokannan y sosteniendo su cabeza. Y concluyo como Luz Aurora Pimentel que la ópera de Strauss es superior a la obra de Wilde, pues exacerba la idea de lujuria y malignidad del hipertexto bíblico en el que ocurre ese pasaje. Sin embargo, como Pimentel, comparto la idea de observar a fondo el papel que juega Herodias (personaje oscuro y poco comprendido) en esa historia, pues exhorta a reflexionar en la inmensa e incomprensible relación entre el amor y la política. Una enorme y desconocida máquina monumental que durante siglos ha movido indiscutiblemente a toda la humanidad.

15.4.09

Keep Talking

Largas caminatas. Todo el tiempo con la casa a cuestas. Al imaginarme así Anita dice que parezco Howl en mi Increíble Castillo Vagabundo. Entonces me sonrojo, pero la verdad es que sí me siento así. Mi casa es mi mochila y yo camino para llegar a los lugares diarios.

Tan, pero tan extraordinaria película… que la primera vez tardé en verla tres días porque algo pasaba que me impedía continuar y, entonces, la paraba en la parte en que Howl y Sophie volaban sobre la plaza (si si, muy recién empezandito).

Luego la vi completa: no sé porqué esa película siempre me pone muy triste. El hechizo, el reconocimiento de Sophie como una anciana, la decadencia del castillo, la picardía de Calcifer, la inmadurez de Howl (y la fantástica escena en la que se deprime y le brota una sustancia viscosa… ¡que daría yo por haber tenido esa imagen cuando quise describir a un profano el estado de cuestión de ese padecimiento!), la comprensión de Sophie, el corazón de Howl.

Sin duda alguna, el castillo es quizás la metáfora más hermosa: el hombre que no tiene corazón y debe cargar su casa a cuestas…

Entonces, cada mañana, cuando tomaba mi mochila llena de las cosas de anteayer, pensaba en todo esto.

Recién había pensado en lo conveniente que resultaba este mecanismo para sobrevivir. Todo está dentro de mí y así no necesito de nada. Puedo establecerme en cualquier sitio y tengo lo ideal para trabajar. Pero hoy, sentada en una escalera, mirando a las personas que pasaban como si yo flotara en una alberca llena de gente y a mi alrededor todos se bañaran como vacacionistas despreocupados, apunto de estallar y agitarme como una loca, me quedé pensando que no puedo, que me gusta hablar con la gente y que la casa a cuestas no me basta. O a veces no me basta.

****

Hay una gran canción de Pink Floyd, en uno de sus no tan afortunados discos, que se llama “Keep Talking”. Una voz en off, que dejaba lugar a la melodía cantada por David Gillmour, narraba: “For millions of years mankind lived just like the animals
Then something happened which unleashed the power of our imagination
We learned to talk”, luego, para finalizar decía: “It doesn't have to be like this
All we need to do is make sure we keep talking”. Es un poema sesudo, una invitación a reflexionar de forma milenaria. El texto está a cargo de Stephen Hawking, quien siempre se ha creído muy listo.

El tema del lenguaje… otro de los tantos umbrales por los que me encanta quedarme y a los que Anita siempre me dirige. Cargar mi castillo y jugar a la ermitaña errante siempre ha sido una postal que adoro interpretar para burlar la necesidad por hablar, por jamás sentir el silencio vacío que ocurre cuando Anita y su amuleto no susurran al oído, o cuando los amigos callan, o cuando el hombre que amo no llama.

Son de las tantas estrategias para evitar la desesperación maniática y maquínica. Como el texto que es leído y que siempre busca a su hacedor en la lectura. Como ahora yo lo busco. Y busco que siga hablando y errando… hablando…. errando.

2.12.08

Figurando la cotidianeidad

Bella Durmiente… años y años han pasado.

Ni hablar. Es un hecho empírico lo que hay de infernal dentro de lo cotidiano. Hacía meses que no tocaba una pluma ni un papel a menos que fuera para recopilar citas de libros interesantes, o bien, realizar una serie de recados (anita outsider, anita office boy).
De manera sorpresiva, hoy fue un buen día para hacer una entrada a mi blog-queridodiario (como dijera el buen Samuel)

Los motivos de Anita fueron una inmensidad de lecturas que nada bien se han canalizado y unas cuantas clases de ensayo a las que asistió gustosa.

Tomás Segovia, hacia los años setentas (benditos malditos como dijo Sabina), escribió “El infierno de la literatura” a modo de conferencia que, posteriormente, se convirtió en un ensayo. Segovia mencionaba en muchas líneas (con rompimientos y fugas constantes) cuán infernal podía resultar la literatura en cualquiera de sus aspectos o rostros prismáticos. Alguna vez Anita escribió un cuento en donde intentaba plasmar una infierno helado que caía de pronto en los techos de los citadinos defectuosos (o bien, del DF) y, cuando recuerdo tal empresa, la imagen más esclarecedora que se me viene a la cabeza es aquella en la que el infierno es la negación de la luz divina. El infierno de Tomás Segovia es aquél que, motivado por el hecho literario, impide la impenetrabilidad con el lector, la incapacidad de dejar la escritura y la posibilidad de que ésta lo abandone a uno.

Pero, la pregunta que suscita el porqué de pensar en estos infiernos es ¿Cómo coño es que uno quiere ver en la literatura la posibilidad de huir de los infiernos? Seguro que no fue la del autor ni mucho menos la de Anita ¿Cuál es la pregunta correcta? ¿Qué hace la literatura? Ella provoca deseo al igual que comunica mensajes y el deseo mismo ¿Quién hace literatura? Los escritores y los autores ¿Para qué se hace la literatura? Para que los lectores amen y los autores sean amados (recordando, como se menciona en el texto que se cita, las palabras que respondió Lorca ante la pregunta habitual ¿Porqué excelentísimo señor hace usted literatura? Para que me quieran). Esta última pregunta (y su respuesta) fue la que le dio giros y giros al ensayo que estoy comentando.

Mucha razón hay en las palabras de Segovia y mi interés no es parafrasearlas. El ensayo merece la pena leerse y no manosearse.

Ahora, me interesa narrar mi propio infierno, en la medida que puedo llegar a hacerlo con mayor cercanía que la de cualquier otro que no sea Anita. La pluma me abandonó de forma atroz. La pluma dejó de amarme. Se fueron las palabras de mi cabeza como si se libraran del desastre y dejaron sus casas vacías. No hubo mucha posibilidad de encontrar alguna pista que diera con ellas, así que sólo pude esperar con Anita para ver si había señales. Con las palabras también se fue la imposibilidad de comunicar, o bien, dicho de otro modo, aquello a lo que Pink Floyd llama “Keep talking” (narrado por Stephen Hawking).

No sé si es conocida esa sensación. También la imagino como el pasaje en Cien años de soledad en el que todos enferman terriblemente de insomnio y por eso son presas de la amnesia: cualquier objeto, para evitar que fuera olvidado, debía clasificarse, nominalizarse una y otra vez, de forma escrita y verbal-repetitiva, como aquél recurso que Kafka usa constantemente y produce cierta intuición maquínica (es probable que esta palabra no exista pero me gusta como suena) en su literatura (máquina, máquina, máquina-proceso, proceso, proceso).

Sin palabra y sin discurso, entonces. Alejada por completo del significado y agrupando los recipientes que deja el significante.

¿Cómo entender tales eventos? ¿Cómo volver al interés que antes causaba la ausencia de lo repetitivo y de lo sedentario? Largas noches mirando rayitas en el techo, pero ninguna palabra que emergiera de la penumbra con los entrecomillados que versan “solución”.

Hasta que se me ocurrió un susurro que podría funcionar: no la hay.

Aquél nihilismo al que Nietszche había hecho tan fervorosa alusión encontraba cabida en mí. Soltarse de las amarras y convertir en desierto aquello que se encuentra anquilosado, es la mejor manera de evitar la locura destructiva.

Por fin vuelvo a dormir en paz y por fin le vuelvo a dar la bienvenida a cualquier paciente lector que haya caído en las puertas de este amuleto.

Este no es el fin de mi infierno ni el principio, es sólo un punto de fuga que cede en un momento de productividad; de modo que es probable que cualquiera de los posibles amuletos que circunden el mío puedan entender: esta entrada es un acto de reconocimiento a una mejor manera de abordar lo real.

Mi regalo de bienvenida, después de muchos meses de ausencia escrita, es esta figuración narrada que se versa como una distracción de mi cotidianeidad y una posibilidad de fecundas variaciones.

19.8.07

Ficciones con calzador




Hay una relación recíproca entre el que hace ficción y la realidad que le rodea. Carlos Fuentes dice que su cocina (que es donde escribe) está en medio de toda la casa; los hijos gritan, la madre llega, las noticias corren y él, en medio del fluir comunicativo, escribe sus historias.
Ya antes, Günter Grass había mencionado el concepto de “cocina literaria” para designar al espacio físico, mental o sentimental, que el creador ocupa para realizar su trabajo.
Podría suponerse que las cocinas literarias abundan en todas las casas, recámaras y azoteas. Todo aquél que es susceptible de narrar un día es porque tiene una cocina literaria. No se puede saber si esa cocina tiene todos los implementos o es un lugar en el que sólo se cocina lo indispensable. También puede ser todo un artefacto gourmet donde el artista goza de todo tipo de necesidades solventadas.
La mayor parte de las personas mantienen sus cocinas literarias cerradas y, sólo en casos especiales, abren sus puertas para prepararse un bocadillo. Sin embargo, hay otro tipo de personas que dejan las puertas bien abiertas y su cocina todo el tiempo está susceptible a entrar y a salir, para cualquier persona o circunstancia.
Cuando mi cocina está abierta, ocurren cosas rarísimas: ya no me agrada compartir con los otros, no quiero pensar en otra cosa más que en lo que es posible leer y decir, ni quiero que nadie se acerque. Es como si hiciera un guiso espeluznante o como si el estofado fuera a explotar.
No siento que a menudo abra la cocina, sin embargo me doy cuenta de que hay quienes la dejan lapsos de tiempo muy prolongados así. Y ése creo que es mi caso. También veo que entre nosotros, los de las cocinas abiertas, nos detectamos de forma involuntaria.
Las ficciones que ocurren a diario parecieran, entonces, parte de la realidad más ecuánime. Lo demás sólo serían imposturas de un sistema nada convincente. No sistema -con esto me refiero- al conglomerado y maquinaria que hacen la política de una comunidad, si no a todo lo que tendría que ser la decodificación de lo que ocurre a diario. Un sistema correspondiente a los códigos semióticos.
¿Cómo es que se debe ver? Cómo es que debo sentir:

Una mujer está en el metro y no puede dejar de llorar. Su llanto no parece remitir a una frustración, sino a un dolor terriblemente intenso. A una sensación desoladora -mar desolado, sin olas- y a soledad contundente. Los demás la miran sin verla, tratando de ignorarla o de evitar concentrarse en ella. Pareciera que esta actitud corresponde al deseo de no incomodarla, pero sólo yo sé que no es eso: a ellos les molesta su llanto porque les recuerda que ellos también son susceptibles a padecer, a llorar con la misma desazón y desconsuelo, a sentirse igual de desolados. Ella les recuerda que son igual de vulnerables y la única respuesta que recibe es la indiferencia. Llega la última estación, se arropa y se abraza. Luego se baja y camina hacia cualquier dirección, que los demás por lógica ignoramos.

Es, entonces, cuando mi cocina se abre. No sé si la ficción comienza a salir como el asado listo, o sólo comienzo a crear una explicación alterna a lo que no conozco y a lo que quisiera saber.
Hay otras dos posibilidades que explican esta sensación: quiero ser Dios y saber el devenir de todos los que pueden crear devenires. O esta es la verdadera y única situación verosímil: nada hay mejor que hacerme de una o todas las historias posibles, y tampoco hay algo más ruin que actuar con indiferencia al dolor humano. La mujer tendrá acogida en mi cocina y tendrá una historia que explique su llanto y su arrojo. La mujer será un personaje que viva y reviva cada vez que se lea la historia que estoy contando. Y así, su llanto no quedará nunca más impune.
Es su salvación; es su ficción encajada con calzador; es la única manera de sobrevivir al peso incandescente de la cotidianeidad y de las circunstancias; de la vulnerabilidad que implica la vida en sí y por antonomasia; de la muerte a cuenta gotas que todos padecemos.

Me parece, entonces, que es común que nos encontremos. Y yo también bajo del vagón y me dirijo a la dirección que le corresponde a mi ficción, y con la ficción a cuestas de algún otro cocinero expectante, que quizás halla escrito una historia, en donde sólo quería decir que Anita veía a una mujer que se arropaba llorando dentro de un vagón de metro.

4.8.07

Los peligros de la Santa Muerte y los huicholes

Hace poco se realizó un congreso de exorcistas en la Ciudad de México. Parece que llegaron sacerdotes de todas partes del mundo y algunos de ellos eran eméritos en la materia. Después de días de discusión, ponencias, conferencias y convenios, el diagnóstico fue que cada uno de diez mil mexicanos se encuentra “endemoniado” a causa de las prácticas religiosas populares que se usan para la resolución rápida y efectiva de los problemas. Dentro de estas prácticas se menciona con frecuencia el ámbito de las limpias y la adoración a la Santa Muerte.

Es pertinente mencionar que el concepto “endemoniado” no remite propiamente al ámbito de la posesión, puesto que sólo implica la presencia de un espectro dentro de un cuerpo que no le pertenece, no refiere a la toma absoluta del cuerpo por parte del chamuco. Sin embargo, parece que dentro de esos miles de endemoniados, hay presencia de poseídos contra los que los exorcistas habían perdido la batalla.

El congreso se realiza en una de las comunidades católicas más fieles del mundo (que no podría decir ortodoxa por el rotundo guadalupanismo que experimentan los feligreses mexicanos, mayor que cualquier otra vertiente y fruto del andamiaje mediático del anterior Papa), pero con un mestizaje cultural exacerbado. En la República existen más de 100 lenguas indígenas (consúltense Lingmex: http://lingmex.colmex.mx/), las cuáles representan más de 100 distintas formas de concebir, nombrar y experimentar el mundo. Cada una de las posibles visiones tiene posibles soluciones a la problemática cotidiana, entre ellas, las prácticas religiosas que implican distintas formas de establecer equilibrio y reciprocidad con las fuerzas que no se entienden y que emergen de ámbitos desconocidos.

Ante la imponente presencia multicultural en México ¿cómo es posible delimitar aquello que se llama “el mal” y la presencia demoníaca? Para los pueblos huicholes (dependiendo de cada una de las vertientes del huichol) sería complicado mostrar panfletariamente cuál es la presencia del “maligno”, según las pautas cristianas, siendo que no hay muchos puntos de entronque para hacerlo. Cuál podría ser el punto ecléctico entre lo que cree un habitante huichol, frente a lo que cree un habitante profundamente católico de Guadalajara. Y así con todas las demás comunidades indígenas: los que hablan Pame, los que hablan amuzgo, cahita, cochimí, chontal (tanto de Tabasco como el de Oaxaca, profundamente distintos cada uno), kanjobal, kiliwa (creo que con un solo hablante ya, puesto que hace un año anunciaron en La Jornada la muerte de la hablante más anciana de kiliwa que quedaba y no sé de cierto si era la última). Resulta tremendamente complicado para cualquiera que tiene conciencia de la alteridad siquiera plantear la posibilidad del reto impuesto.
Actualmente, es complicado hablar de alteridad en el país. Los investigadores encargados de establecer las políticas lingüísticas y los políticos que revisan que los derechos humanos y la equidad se cumplan, deben desempeñar labores loables y dignas para que su función encuentre cauce. Sin embargo, pocos son los que toman enserio su labor y en la mayoría de los casos hay una cultura hegemónica sobre otra oprimida que lucha por sobrevivir. En el caso de México, la cultura hegemónica es la que habla español y la oprimida es la que habla las demás,
Hablar es nombrar al mundo. Las distintas formas de nombrar al mundo, son las distintas concepciones de este, al igual que las distintas maneras de vivirlo y comprenderlo.
Una vez más: cómo se establece un punto ecléctico entre la cultura oprimida y la hegemónica, siendo que la primera se constituye de muchísimas maneras de entender al mundo. Cómo se define la presencia de lo “malo” en estas circunstancias.
Quizás nunca ha existido la seriedad suficiente para plantear una solución equitativa a este problema

18.7.07

El tiempo que dura un viaje por metro

Todos los pensamientos que recorren un segundo dentro del metro convierten aquello en una medida de tiempo inconmensurable. Hay veces en que las miradas de las personas se pierden entre segundo y segundo.Y de un momento a otro, sin menor precaución, se levantan mecánicamente y abandonan el vagón.
Puede ser que por las noches, cuando los pasajeros abandonan los trenes y los trabajadores nocturnos llenan los andenes, que aquellos segundos inconmensurables repten y que su paso deje huellas igual de profundas. Que todo el metro se llene de segundos que destilen pensamientos diciendo cosas entre sí y formen una red inmensa de cuestiones.

Yo pienso que esa red no desaparece y que atrapa al más incauto: la mujer que no sabe llevar todo lo que carga, el hombre que mira los senos de las chicas, la niña que mira algo que nadie ve pero que todos saben que está.

Y los atrapa de forma desalmada.

A veces, sólo esas veces, es cuando siento mucho miedo. Musito a los segundos, que siguen reptando, palabras que ni yo comprendo. Y mis ojos se llenan de lágrimas.