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24.2.08

El cine de Lars von Trier: trilogía "Corazón de oro". Parte 2: apología a la idiotez y punto de partida.

El 20 de marzo de 1995, von Trier fue invitado a un simposio internacional de directores en París. La discusión se centró en futuro del cine y se planeaba que coincidiera en su centenario.
El director aceptó receloso y con una sorpresa: Dogma 95. La propuesta era una provocación: después de anunciar, en conferencia de prensa abarrotada, que el cine se encontraba en su peor momento y que había que rescatarlo de las garras de la industria y el status quo, declara el nacimiento de Dogma 95, que aseguraban una película purista y grandiosa como resultado. El verdadero cine sin las pretensiones de Hollywood. La motivación respondía al rechazo del nuevo cine, saturado de un discurso cinematográfico forzado y espectacular.
El manifiesto se llamaba “votos de castidad”, formado por 10 premisas inquebrantables:
1. Los rodajes tienen que llevarse a cabo en rodajes naturales. No se puede decorar ni crear un set (si un artículo u objeto es necesario para el desarrollo de la historia, se debe buscar un exterior donde se encuentren los objetos necesarios).
2. El sonido no se mezclará por separado de las imágenes o viceversa (no se utilizará música a menos que esta sea grabada en el mismo lugar donde se encuentra la escena).
3. La cámara debe manejarse a mano o apoyarse en el hombro. Se permite cualquier movimiento que pueda lograrse a mano. (La película no sucederá donde no esté la cámara; el rodaje tendrá que realizarse donde suceda la película). [Nota: lo que quiere decir esta última frase, un tanto ambigua en su traducción, es que la película no debe desarrollarse ante una cámara una cámara inmóvil, y que el rodaje debe realizarse donde la película suceda descartándose las grúas, los planos tomados en helicóptero y otras técnicas empleadas para vehicular puntos de vista lejanos.]
4. La película tiene que ser en color. No se permite el uso de luz especial o artificial. (Si la luz no alcanza para rodar una determinada escena, dicha escena debe ser eliminada, o en todo caso se puede conectar un foco simple a la cámara.)
5. Está prohibido utilizar efectos especiales o filtros de cualquier tipo.
6. La película no puede contener acciones superficiales (no puede haber armas ni ocurrirán crímenes en la historia.)
7. Están prohibidas las alteraciones de tiempo y espacio (o, lo que es lo mismo, la película transcurre aquí y ahora.)
8. Las películas de género no son admisibles.
9. El formato debe ser el académico de 35 mm (posteriormente se precisó que se trataba del formato de exhibición).
10. El director no debe aparecer en los créditos .


Dogma 95
intentaba mostrar una cara distinta y grandiosa del cine, mediante la cuál existiría la posibilidad de reconstruirlo.
La posición de von Trier exponía que las facilidades con las que se podía hacer un cine espectacular ahogaban al mismo en convulsiones de esplendor y fatuidad. Ya no decía nada la historia ni la visón de quien ponía en escena. Así mismo, los actores se preocupaban más por lucir como esculturas vagamente caricaturizadas que interpretar un papel digno. Las divas de escena habían desaparecido por piezas accesibles en cualquier sex shop, y los hombres buscaban imposiciones cliché con la finalidad de alcanzar interpretaciones poco verosímiles de estereotipos comunes.
Von Trier toma la batuta del nuevo movimiento junto con Thomas Vinterverg quien realiza la primera entrega. Festen, cuya temática gira en torno al conflicto de una familia dos caras que enfrenta uno de los secretos más atroces y destructivos en la celebración del padre, miembro más importante. El éxito de esta cinta sobre pasa los alcances del movimiento y ocurre una motivación creciente entre el ámbito cinematográfico por estar dentro.
Después, Lars von Trier muestra a al luz Los idiotas como su primer trabajo ajustado a las necesidades de Dogma.
Karen es una mujer que llega a un restaurante y se topa con comensales particulares: gente común y un par de chicos a los que ahora se les llamaría “discapacitados”. Uno de ellos decide tomarla del brazo a lo que Karen responde con una sonrisa ingenua y sin oponer resistencia.
Sussanne es quien cuida de los idiotas, sin embargo parece que se le van de las manos, de modo que concierta una huída rápida con los suyos sin lograr que Karen se libere del hombre que se aferra desesperadamente a su brazo.
Algo dice al espectador que Karen es una mujer fuera de lo común y fuera del mundo. A pesar de la verosimilitud del evento, Karen pronto se percata de que todo es una representación: Sussanne dice que jamás saldrá con ellos de nuevo si se comportan así y los chicos ríen maliciosamente. Los idiotas no lo son y en realidad son tres amigos que no querían pagar la cuenta del restaurante.
Ellos pertenecen aun grupo más grande, conformado por otras personas que disfrutan al fingir idiotez en situaciones de compromiso social. Stoffer, quien se aferró contundentemente al brazo de Karen, es el líder y mantiene la convicción de explorar al “idiota interior”, dicha filosofía sostiene que las facetas de la cotidianeidad y el mundo hacen que las personas se conviertan en máscaras y, a su vez, olviden la posible felicidad que existe en lo que no se razona. Crítica el status quo, la comodidad de lo cotidiano, la sociedad doble moral y el neo capitalismo. Su idea de explorar al idiota interior pretende ser juez y parte, ser capaz de ver cómo es que la sociedad trata de resolver el problema de los humanos incapaces y marginales y, a su vez, gozar de los privilegios que el trance de semejante situación implica. De este modo, además de alcanzar reducir la integridad al absurdo, obtener un alcance espiritual sin precedentes, porque la encomienda es llegar a un estado dionisiaco supino que permita hacer intrascendente todo lo demás. Finalmente, la propuesta enmarcaba una transición de la desazón posmoderna a la paz y tranquilidad de lo diferente e incapaz. El grupo, seducido bajo estas ideas, resuelven seguirle sin cuestionar.
La idiotez es la premisa que dirige el rumbo de la película. Karen se mantiene expectante durante gran parte de la narración, hasta que tras varios esfuerzos logra alcanzar al añorado “idiota interior”. Además, en el paso de la película, el espectador toma conciencia de que Karen tiene una historia que no desea compartir con los demás y que carga hasta las últimas consecuencias. Motivo por el cuál, siempre piensa que encuentra la felicidad con ellos y, a su vez, no cree merecerla.
Una vez más es recurrente la imagen de la niña corazón de oro que jamás sentirá que algo es para ella.
Karen permanece expectante. Todo el tiempo es un espectro o la conciencia o el sentido de todos, la que no juzga pero sí observa.
Ocurren todo tipo de experiencias en el grupo, desde imágenes desagradables de chicos engullendo, escupiendo y tirando comida, hasta relaciones sexuales explícitas.
Hacia el final de la película, el sentido de los idiotas se pierde y Stoffer sólo encuentra una manera de recuperarlo: todos deben hacer el idiota en situaciones de su vida cotidiana, esto es, el trabajo, la familia, los amigos externos.
Nadie lo logra. Entonces Karen rompe su condición de aprendiz-pasiva y decide intentarlo. Es ahí cuando se revela su historia: ella fue madre de un pequeño bebé que murió. Sumida en la desolación y el dolor resuelve la situación alejándose de cualquier circunstancia cercana al evento, de modo que abandona a su esposo, familia y vida anterior. El regreso es decadente. Acompañada de Sussanne, regresa a casa y los familiares ignoran el evento de forma cruel. Cuando Karen se reencuentra con su esposo, sólo haya indiferencia. Pero, una vez que todos están a la mesa tomando el té, Karen comienza con su idiota interior.
Karen es aquella única capaz de reconocer que lo que hace es bueno para ella y que le hace feliz. Pero los demás jamás lo pueden entender.
Dos mensajes importantes habían en esta entrega: Von Trier deja en Karen la única capacidad sensible y redentora te transportar su mensaje, por tanto, la provocación no es el único medio transmisor, sino también la misma imagen de la chica que tiene el corazón de oro y la sensibilidad única de resolverse como una sensación de plenitud. Y esta plenitud alcanza su grado máximo cuando se entiende que la estulticia que promueve el director, es aquél estado prístino del hombre que no se pregunta cuántas veces ni cómo es. La posibilidad de estar al alcance de lo imposible sin pensar que lo posible y aceptable no es la única manera. No sólo se apologaba la idiotez sino la cualidad del outsider. En fin, la película sería como un impacto imprevisible que agitaría al mundo durante mucho tiempo. Pero, von Trier, en realidad se estaba poniendo sentimental, quizás más que el amoroso danés que dirigió Rompiendo las olas.

Von Trier realiza esta película con la férrea pretensión de hacer la primera película de culto que ponga en alto a Dogma 95. Cuida respetuosamente los votos de castidad, pero tiende otro reto al espectador, parecido a los que ya había planteado desde sus películas anteriores: musicaliza escenas y secuencias de forma editada, cuando el voto de castidad número 2 de Dogma… exhorta a rechazar dicha práctica. Richard Nelly, a su vez nota el evento y lo menciona en la crítica dispuesta para la película. Es posible que von Trier haya leído tal observación y haya bosquejado una sonrisa sardónica muy típica en él.
Es un hecho que von Trier no se podía permitir el lujo de pasar desapercibido dentro de su creación y, además, ser superado por Vinterverg. Los idiotas tenía que ser diferente.
Alejandro Díaz menciona, en su página Mierdas del cine (En: http://www.miradas.net/2005/n39/estudio/losidiotas.html. Consultada el 23 de febrero de 2008) que este “descuido” es una rúbrica del director para hacer de su película un ejemplar de culto. Y en gran medida ocurre como una marginación hacia el culto dentro de Dogma…
Otra de las rúbricas estilísticas del director, como ya se ha mencionado, es el terreno de la provocación. No importa qué clase de cosas tenga qué hacer para que el espectador sienta ese movimiento cimbrador al “experimentar” su película.
En Los idiotas ocurre un terreno fértil de constante sorpresa y shock. Al principio, los actores no sabían qué hacer ni cómo. Se les dio el guión con la historia, pero la gran indicación se resumía a “jugar a los idiotas”. En muchas ocasiones fueron sorprendidos por el mismo director que les ponía tretas o juegos crueles, como enfrentarlos a la convivencia con discapacitados reales o bien evitar que cualquier lágrima o sangre frente al lente sean falsas. En varias ocasiones los actores debían acudir a la sala de urgencias.
Dos escenas obtienen el asterisco pornográfico en esta nueva empresa:
• Todo el grupo acude a un balneario público y comienza a hacerle al idiota, mientras que Karen, con poca experiencia y escaso sentido común, observa las reacciones de los demás ante la peculiar visita. Después de la diversión Karen debe bañar a Stoffer y lo hace en el baño de las mujeres. Stoffer comienza a tener una erección y la cámara no quita el ojo del evento.
• En otro momento, después de una reacción desmedida y esquizofrénica de Stoffer ante la posibilidad de ser desalojado de la casa que habitan él y su grupo, el resto planea una fiesta de cumpleaños. Después de juegos y comida, Sussane sugiere que Stoffer decida la actividad a realizarse y él opta por una orgía. Todos entrelazan sus cuerpos de forma torpe e inocente. Todos, inmersos en su “idiota interior” comienzan a besarse y tocarse sin que la cámara pierda un momento, un pezón o, inclusive, una penetración explícita.

El rodaje fue el comienzo de constantes cambios personales para Lars. Bente, su segunda esposa, estaba en el hospital embarazada de gemelos y él se enamoraba de Anne Louise Hassing, quien interpretaba a Sussanne. Los problemas entre el grupo de actores y él crecían a causa de su constante condición irónica y agresiva. Las depresiones de von Trier iban en crescendo.
Fue una película muy sufrida y muy interesante. Al terminar de todos los procesos posteriores al rodaje, se realizó la revisión pertinente, la primera copia y el inicio del tortuoso proceso de viaje que siempre experimentaba von Trier. La caravana terrestre para viajar de Dinamarca hasta Paris rumbo a Cannes.
Como era de esperarse, el proyecto no funcionó. La crítica fue cruel con la propuesta, los productores confesaron que, sin la aprobación del director, utilizaron un par de filtros para aclarar toda la película (violación directa al voto cinco, que, como ya se había hablado, es agresiva porque von Trier no lo permitió) y los actores terminaron molestos por la publicación de una bitácora de grabación escrita por el director sin la aprobación de su equipo.
Eran tiempos no tan felices para el director y sí muy desesperantes. La apología a la estulticia no era un mensaje que los demás querían entender, o bien, el director no sabía cómo trasmitir sin que los demás lo entendieran como un proyecto megalómano y sin sentido. Sin embargo Los idiotas no había sido un éxito, ni tampoco un fracaso. Marcó la ruta espasmódica del director, siempre a la búsqueda de creación y recreación.
Lars von Trier, después de la experiencia, decide abandonar Dogma 95 y contemplar un proyecto, al parecer antitético, pero correspondiente a las búsquedas planteadas con la producción de su primera y última entrega al movimiento.
La película que cerraría la trilogía Corazón de oro y que abriría EE UU se gestaría en la reflexión constante de los procesos del autor, y con ella, una posible reivindicación personal. Una opción nueva que demostraría que las caídas o resbalones del director, no eran más que movimientos planeados y calculados dispuestos a demostrar que la locura, la idiotez, el amor y la marginalidad son capaces de crear sinfonías visuales capaces de conmover a un público exigente y a un autor iconoclasta profundamente enamorado de su arte.


1.- Bibliografía: Stefvenson, Jack, Lars von Trier, Paidós, Barcelona, 2002

4.7.07

El cine de Lars von Trier: trilogía "Corazón de oro". Parte 1: Love is a migthy power


His name is Jan

Son las primeras palabras de Bess al legitimizar su deseo por casarse con el hombre que ama frente a su pequeña y ortodoxa comunidad, hubicada en Escocia.

Jan es un forastero al cuál nadie le tiene la suficiente confianza porque está rodeado de amigos que parecen poco amables y educados. Bess es una mujer demasiado ingenua y pueril. Pareciera que no se rige bajo las leyes del mundo: no conoce a ciencia cierta qué implica el placer sexual, no sabe cómo decir lo que siente, continuamente hace berrinches, se deprime y, quizás lo más sobresaliente, mantiene conversaciones con Dios.

Bess y Jan se aman sincera y naturalmente. Pese a las oposiciones de los familiares de ella, deciden casarse en la iglesia de la comunidad para después realizar una recepción acompañada de música autóctona. Mientras los invitados bailan, Bess toma de la mano a Jan, lo guía al baño, se quita las bragas y se sube el vestido.

Ahí comienza el principio de la historia de amor. Parece que Jan y Bess son el uno para el otro: se aman, se desean, se complementan y disfrutan cada día juntos.
Jan trabaja en una planta petrolera que está ubicada sobre el mar y a veces debe dejar sola a Bess, a pesar de sus ruegos y desplantes.

Un día, todo cambia: Jan sufre un accidente terrible y queda paralítico. Bess, incondicional a Jan, promete hacer cualquier cosa que él desee, con la finalidad de que olvide su desgracia, se sienta mejor e intenten ser felices de nuevo. Jan le pide, a falta de poder realizarlo él, que ella tenga relaciones con más hombres (distintas, intensas, tiernas, etc.) y que le narre cómo fue.

La encrucijada de Bess tiene un breve momento en su mente, puesto que al sentirse en comunicación directa con Dios, interpreta la petición como un designio divino que le devolverá la felicidad y normalidad a su vida, además de salvar la vida de Jan.

Esta es la primera de las tres películas que constituyen la serie “Corazón de oro” del director Lars von Trier. “Corazón de oro” es el argumento que Trier rescata de un cuento infantil en el que una niña pequeña, que se pierde en el bosque, se priva de sus pertenencias al paso que encuentra a alguien que lo necesite. Bajo el juicio del director, ésta era una actitud humanamente imposible pero loable. Dentro del ámbito sardónico que lo ha caracterizado, von Trier decide que hará tres películas en las que la premisa será un personaje femenino acorde a las características de la Niña-Corazón de oro.

Rompiendo las olas es el pie de inicio para la saga de heroínas desgraciadas del director. Bess es encarnada por la bella y vulnerable Emily Watson, cuya experiencia en cine era nula hasta esta cinta. En un principio, von Trier había pensado en Helena Boham Carter para el papel, sin embargo la actriz declinó la oferta (a pesar de haber aceptado en un principio). El nombre y trabajo de Emily Watson a penas se conocía en el medio, no obstante, sus capacidades histriónicas, sus expresiones inconmensurables y su mirada directo al lente de la cámara fungiendo como reto al espectador, fueron argumentos suficientes para la empresa. La película fue directo a Cannes, sin embargo, como von Traer habría experimentado desde El elemento del crímen Cannes sería una dificultad durante toda su carrera. Las nominaciones eran para Emily Watson como mejor actriz y a la película para la Palma de Oro, pero no se llevaron ninguna.

Ahora bien: a pesar de este fracaso en términos de galardón ¿Qué tiene Rompiendo las olas (o como fue nombrado aquí: Contra viento y marea) que le hace ser una de las películas más interesantes y controvertidas en la historia del cine?

La controversia y provocación. Desde el principio, desde la primer mirada directa de Bess al espectador, hay una inclusión a modo de complicidad que rompe lo que en teatro se llamaría “la cuarta pared” y que en cine pareciera inútil establecer, puesto que la puesta en escena no es presencial y el público no es parte de la representación.

Sin embargo ¿es posible que esta inclusión planté una catarsis que sobrepase la frontera evidente de la cámara, la pantalla o la proyección? Las demás provocaciones que ocurren a lo largo de la película se establecen en el ámbito de lo sexual: Bess y Jan cojen casi todo el tiempo y además de eso, no hay mucha intención por el director en evitar que ocurra de forma explícita.
Una de las anécdotas que Trier cuenta, con la típica sonrisa sardónica que le caracteriza, es cuando ofreció como proyecto final para graduarse en la Facultad de Cine de la Universidad de Copenaghe la realización de una película pornográfica. El rechazo no vino desde las conciencias moralistas de los daneses, sino por la poca rentabilidad que el proyecto representaba. En Dinamarca, lo que se podría llamar pornografía en otros países no funciona de la misma manera: el acceso a al porno o a la sexualidad y búsquedas de ella es mucho más libre que en otras partes del mundo (confróntese con México, por ejemplo), sin embargo, es una obviedad contundente que ninguna institución en el mundo que se precie de ser formal y artística, puede permitir e incluso patrocinar el proyecto de una película pornográfica como trabajo a presentar para obtener la graduación.

De modo que la provocación que hace von Trier no radica en filmar gente cojiendo, sino en el uso que hace de este discurso. Se podría decir que toma como vehículo algo que en mayor o menor escala puede resultar como provocación, y ese vehículo transporta el mensaje a rescatar que raya en una paradoja o una pregunta que el espectador se hace después de cuestionar lo que ve: ¿acaso el mensaje, a pesar de las actitudes, el tema y el mismo director amargado es que el amor es una fuerza poderosa?

Ya se han planteado dos cuestiones: ¿es posible que esta inclusión planté una catarsis que sobrepase la frontera evidente de la cámara? (primera trasgresión y provocación) y ¿acaso el mensaje, a pesar de las actitudes, el tema y el mismo director amargado y arrogante es que el amor es una fuerza poderosa?

La primera se respondería con un rotundo si. El cine tiene un discurso propio y una finalidad distinta al teatro, eso es contundente. Sin embargo, qué puede ocurrir cuando un elemento del discurso cinematográfico comienza a insinuar una trasgresión en ese diálogo, que hace incluyente al espectador: justo lo que ocurría desde las propuestas del teatro griego, la posibilidad de una catarsis. Las trasgresiones constantes de Bess y la característica única de comunicarse con lo omnipotente, resultan en una complicidad establecida entre ella y su espectador (posiblemente para el segundo ocurra de forma inconciente al principio).


Es conocido que cualquier cineasta sabe, al igual que todos los actores saben, que es una norma inquebrantable no mirar al lente mientras se realiza la filmación. Entonces ¿Porqué von Trier lo permite y por qué Watson lo hace de forma tan descarada? Tal permisión no sólo significa un desliz o un experimento, es todo un motivo que resulta en lo más recóndito: el espectador sabe lo que Bess hace y no hace nada para evitarlo, porque, se apuesta a un prejuicio que, en la mayoría de los casos es correcto: al espectador le gusta esa inclusión y, además quiere ver todo lo que se pueda hasta llevarlo a las últimas consecuencias.

Ya hay un primer terreno de placer saciado. La curiosidad del espectador que sabe que está dentro. El siguiente es la concesión de lo que ese mismo espectador quiere: el placer de que lo que ve es algo que de un modo insinuado vive. Aquí es donde entra la provocación transmitida mediante las escenas y momentos de sexo en la película.

Es cuando se resuelve la siguiente cuestión, y la respuesta es: depende de la perspectiva y lectura de cada espectador. El placer que se obtiene (sea estético o no), es algo que no necesariamente debe rayar en lo amoroso. Sin embargo, después de una lectura cuidadosa yo respondería que sí, que el mensaje de Rompiendo las olas va de la mano del amor.
Explico mi lectura y mis motivos

Pareciera que la sexualidad, al ser un vehículo tan utilizado por miles de cineastas, pierde sentido o fuerza. Sin embargo, como uso discursivo de riesgo, sólo algunos tienen la capacidad de mantener la fuerza sin hacer de éste lo más importante de la película y dejar atrás los miles de factores, motivos y elementos que hacen del discurso narrativo, que adopte cada creador, brillante o mediocre. El motivo del sexo en esta película transporta el mensaje, que a simple vista podría resultar obvio: el acto sexual es hacer el amor. Bess así lo interpreta y por tanto se lo comunicará al espectador que es su cómplice. Para Bess, lo que hace con Jan y lo que los mantiene unidos es la felicidad y el amor. No es importante si para Jan también lo es o si para la comunidad escocesa lo es. Lo que parece que sobrepasa cualquier barrera es lo que Bess siente.

De este modo surge el mensaje más importante, que nace con la metáfora de la niña de Corazón de Oro, el que Watson encarna y el que termina siendo, inclusive, el slogan de la película: el amor es una fuerza poderosa.

Aún no nos queda resuelto si ese poder es bueno o malo (en la medida en que la dicotomía se cumple). Sólo queda una certeza ineludible: el amor es una fuerza poderosa.
Esta es la primera entrega de la trilogía que ya se ha comentado, después, el director tomará cartas en el asunto para la creación de otras dos piezas interesantes que no dejarán de tocar esta premisa.

Tras la derrota en Cannes, y con el rencor surgido desde la injusticia en la nominación de El elemento del crimen, von Trier comienza una pequeña guerra contra el stablishment, contra el status quo de la industria cinematográfica y contra sí mismo. Sin embargo, la semilla que siembra con Rompiendo las olas será la fuerza motora que impulsará el resto de su carrera cinematográfica y la pasión característica en cada una de sus entregas. Desde este momento, la oración que podría definir la actitud y el perfil de lo que para Lars von Trier implica el cine será: Love is a mighty power.
referencias:
Jack Stevenson, Lars von Trier, Paidós, Barcelona, 2005.